Hay palabras
que no se dicen:
se respiran.
Tu voz
tenía la textura
de una caricia lenta,
de esas que no piden permiso
porque ya saben
que son suyas.
Me hablaste
como si el aire fuera frágil,
como si temieras
romper algo dentro de mí.
No lo sabías.
Ya lo habías roto.
Era una herida dulce,
de esas que no se quieren curar.
Me dijiste «ven».
Y el verbo se me quedó temblando
en la garganta.
Tu voz sonaba
a promesa recién abierta,
a esa ilusión
que una parte de ti
ya sabe que dolerá.
Y aun así,
fui.
De "La ternura también arde"