martes, 17 de marzo de 2026

Olga Orozco. Esfinges suelen ser

Una mano, dos manos. Nada más.
Todavía me duelen las manos que me faltan,
esas que se quedaron adheridas a la barca fantasma que me trajo
y sacuden la costa con golpes de tambor,
con puñados de arena contra el agua de migraciones y nostalgias. 
Son manos transparentes que deslizan el mundo debajo de mis pies,
que vienen y se van.
Pero estas que prolongan mi espesa anatomía 
más allá de cualquier posible hoguera,
un poco más acá de cualquier imposible paraíso, 
no son manos que sirvan para entreabrir las sombras,
para quitar los velos y volver a cerrar.
Yo no entiendo estas manos.
Sí, demasiado próximas, 
demasiado distantes,
ajenas como mi propio vuelo acorralado adentro de otra piel,
como el insomnio de alguien que huye inalcanzable por mis dedos.
A veces las encuentro casi a punto de ocultarme de mí 
o de apostar el resto en favor de otro cuerpo,
de otro falso plumaje que conspira con la noche y el sol.
Me inquietan estas manos que juegan al misterio y al azar.
Cambian mis alimentos por regueros de hormigas,
buscan una sortija en el desierto,
transforman la inocencia en un cuchillo,
perseveran absortas como valvas en la malicia y el error. 
Cuando las miro pliegan y despliegan abanicos furtivos,
una visión errante que se pierde entre plumas, entre alas de saqueo,
mientras ellas se siguen, se persiguen,
crecen hasta cubrir la inmensidad o reducen a polvo el cuenco de mis días.
Son como dos esfinges que tejen mi condena con la mitad del crimen,
con la mitad de la misericordia.
Y esa expresión de peces atrapados,
de pájaros ansiosos,
de impasibles harpías con que asisten a su propio ritual!
Esta es la ceremonia del contagio y la peste hasta la idolatría. 
Una caricia basta para multiplicar esas semillas negras que propagan la lepra,
esas fosforescencias que propagan la seda y el ardor,
esos hilos errantes que propagan el naufragio y la sed.
Y esa brasa incesante que deslizan de la una a la otra
como un secreto al rojo,
como una llama que quema demasiado!
Me pregunto, me digo
qué trampa están urdiendo desde mi porvenir estas dos manos.
Y sin embargo son las mismas manos.
Nada más que dos manos extrañamente iguales a dos manos en su oficio de manos,
desde el principio hasta el final.


De "Museo salvaje"
En "Poesía completa"

lunes, 16 de marzo de 2026

Sara Martínez Navarro. El rumor

Del progreso volvieron hoy los pájaros,
vinieron a cantarnos lo breve
de su ausencia. Teníamos
su ausencia dentro
y con ella vivíamos como vive la presa
levantando la vista
         y no había nada.
Una rama quebrada, lo que no
se comprende, las formas
en desuso de una conjugación.
Si escribiera la nada o estuviera
su hueco: lo que hubo
y lo que no hubo. El lugar
no habitado se desplaza
hacia el centro. Ese tránsito
es lento y va cargado de tallos
y de ceniza enrojecida.
Esta escena no se comparte.
Ni el agua del centro del río
ni la herida del centro de los ojos.



De "Léxico romano"

domingo, 15 de marzo de 2026

Rosario Castellanos. La anunciación

I

Porque desde el principio me estabas destinado.
antes de las edades del trigo y de alondra
y aun antes de los peces.
Cuando Dios no tenía más que horizontes
de ilimitado azul y el universo
era una voluntad no pronunciada.
Cuando todo yacía en el regazo
divino, entremezclado y confundido,
yacíamos tú y yo totales, juntos.
Pero vino el castigo de la arcilla,
me tomó entre sus dedos desgarrándome
de la absoluta plenitud antigua.
Modeló mis caderas y mis hombros,
me encendió de vigilias sin sosiego
y me negó el olvido.
Yo sabía que estabas dormido entre las cosas
y respiraba el aire para ver si te hallaba
y bebía de las fuentes como para beberte,
huérfana de tu peso dulce sobre mi pecho,
sin nombre mientras tú no descendieras
languidecía, triste en el destierro.
Un cántaro vacío semejaba
nostálgico de vinos generosos
y de sonoras e inefables aguas.
Una cítara muda parecía.
No podía siquiera morir como el que cae
aflojando los músculos en una
brusca renunciación. Me flagelaba
la feroz certidumbre de tu ausencia,
adelante, buscando tu huella o tus señales.
No podía morir porque aguardaba.
   
Porque desde el principio me estabas destinado
era mi soledad un tránsito sombrío
y un ímpetu de fiebre inconsolable.
  
   

En "Mujer de buenas intenciones"

sábado, 14 de marzo de 2026

Raquel Gavilán Párraga. Cómo arder sin consumirse

Tus manos en la tierra,
raíces de mi cuerpo,
cavan hondos senderos
donde el deseo se hunde
tan lejos, tan profundo,
que ni el sol ni el frío tocan.
  
En mí floreces,
bajo el peso de tu sombra
como un viento que ara la piel
y deja surcos ardientes
donde el sudor es semilla
y mi aliento, el agua que brota.
   
No hay palabra para ese fuego,
solo la lengua salvaje de las aves,
que canta en mi pecho cuando llegas,
que grita entre los ríos 
donde el miedo y la alegría
se abrazan con garras dulces.
  
Te devoro 
como la tierra a la lluvia,
como la raíz a la luz que no ve.
Y en el barro de tu piel,
despierto a mi profunda furia,
a este deseo que florece
como una flor venenosa
en la he hendidura del jardín. 
   
Escuchas cómo el mundo tiembla
cuando mis manos te alcanzan?
Es el rugir de los antiguos,
el susurro de lo que fuimos
antes de que el amor tuviera nombre,
antes de que el deseo supiera
cómo arder sin consumirse.



De "Volcán y cristales"

viernes, 13 de marzo de 2026

Alana S. Portero. XXII

Si naces cuarto menguante
cose tus labios hasta la edad del roble,
confía en la seguridad de las paredes encaladas
y escucha con atención a las madres cantando
en la oscuridad de los zaguanes.
No abandones la casa,
pues jóvenes y hermosas las quiere el vigilante del
faro, jóvenes y hermosas, condenadas a trazar círculos alrededor del fuste como
una extensión perversa del oleaje,
las mantiene dando vueltas
como fuentes de viento y leche libia,
hasta que las uñas se les tiñen de lividez
y se visten de iridiscencia y ánima.
   
Si naces cuarto creciente,
aprende el lenguaje de las piedras
y no te muevas hasta que te lo pidan,
cierra los ojos a la música del flautista
como una rata sorda y sin corazón.
Olvida las ondas que agitan los espejos.
Duerme o calla.
   
Si naces media luna,
practica la mueca adecuada
que te permita con seguridad
la entrada del ágora,
contribuye al zumbido
y deja una distancia prudencial
entre los pámpanos y tu calavera.
   
Si sangras luna llena,
escóndete entre la hojarasca
e imita el canto de las lechuzas,
tiéndete boca arriba hasta que la escarcha
te enseñe el noble arte de la hipocresía.
No dejes que la mirada del matarife
te acaricie los hombros,
sus hermanos querrán ajustarte un velo si
se lo permites.
Cada noche dormirás sobre un cadalso.
   
Esta es la canción lunar de las viejas
y los patios interiores,
desde las alcobas de las reinas,
y las tumbas sin nombre de las trobairitz,
la canción que lleva arrastrándose por el
lodo de los siglos hasta el cabecero de tu
lecho.
La que cuenta que los monstruos
no se esconden dentro del armario,
que los peores
caminan con calma a plena vista
y siempre sonríen cuando te los cruzas.



De "La habitación de las ahogadas"


jueves, 12 de marzo de 2026

Vanesa Liñero. Dónde luz...

Dónde luz,
aire,
agua,
voz,
silencio.
Dónde alma,
vida,
espacio,
tiempo.
Dónde tilos, abetos y flores.
Dónde, dónde estabas tú 
cuando yo me preguntaba
dónde te encontrabas perdido?



De "Los versos que el viento no se llevó"
    

miércoles, 11 de marzo de 2026

Alejandra Pizarnik. 16

has construido tu casa
has emplumado tus pájaros
has golpeado al viento
con tus propios huesos
   
has terminado sola
lo que nadie comenzó 



De "Árbol de Diana"
En "Poesía completa"

martes, 10 de marzo de 2026

Olga Orozco. Rehenes de otro mundo

A Vincent van Gogh
A Antonin Artaud
A Jacobo Fijman
.
.
Era un pacto firmado con la sangre de cada pesadilla,
una simulación de durmientes que roen el peligro en un hueso de insomnio.
Prohibido ir más allá.
Sólo el santo tenía la consigna para el túnel y el vuelo.
Los otros mordaza, las vendas y el castigo.
Entonces había que acatar a los guardianes desde el fondo del foso.
Había que aceptar las plantaciones que se pierden de visa al borde de los pies.
Había que palpar a ciegas las murallas que separan al huésped y al perseguidor.
Era la ley del juego en el salón cerrado:
las apuestas a medias hasta perder la llave
y unas puertas que se abren cuando ruedan los últimos dados de la muerte.
Y ellos se adelantaron de un salto hasta el final,
con sus altas coronas.
Quemaron los telones,
arrancaron de cuajo los árboles del bosque,
rompieron hasta el fondo las membranas para poder pasar.
Fue una chispa sagrada en el infierno,
la ráfaga de un cielo sepultado en la arena,
la cabeza de un dios que cae dando tumbos entre un rayo y el trueno.
Y después no hubo más.
Nada más que las llamas, el polvo y el estruendo,
iguales para siempre, cada vez.
Pero esa misma mano mordida por la trampa rozó la eternidad,
esa misma pupila trizada por la luz fue un fragmento del sol,
esas sílabas rotas en la boca fueron por un instante la palabra.
Ellos eran rehenes de otro mundo, como el carro de Elías.
Pero estaban aquí,
cayendo,

desasidos.



De "Mutaciones de la realidad"
En "Poesía completa"

lunes, 9 de marzo de 2026

Concha Méndez. 7

... Amor, cómo suenan tus pasos, según te acercas en el silencio de mi corazón!...



De "Canciones de mar y tierra"


domingo, 8 de marzo de 2026

Blanca Varela. Máscara de algún Dios

Frente a mí ese rostro lunar.
Nariz de plata, pájaros en la frente.
   
Pájaros en la frente?
   
Y luego hay rojo
y todo lo que la tierra olvida.
Humedad con poderes de fuego
floreciendo tras las negras pestañas.
Un rostro en la pared.
Detrás del muro, más allá de toda voluntad,
más lejos todavía que mirar y callar:
qué?
   
Siempre algo que romper, abolir o temer?
Y al otro lado? Al revés?
   
Vuela la mano, nace la línea, 
vibrante destino, negro destino.
Por un instante la melodía es clara,
parece eterna la tarde,
purísima la sombra del cielo.
   
Vuelvo otra vez. Pregunto.
Tal vez ese silencio dice algo,
es una inmensa letra que nos nombra y contiene
en su aire profundo.
Tal vez la muerte detrás de esa sonrisa
sea amor, un gigantesco amor
en cuyo centro ardemos.
   
Tal vez el otro lado existe
y es también  la mirada
y todo esto es lo otro
y aquello esto
y somos una forma que cambia con la luz
hasta ser solo luz, solo sombra.



De "Luz de día"
En "Poesía completa"