En la callada noche, cuando la sombra extiende
sobre la tierra muda su velo misterioso,
y arriba, en las alturas del éter anchuroso,
sembrado de luceros el firmamento esplende;
mi alma soñadora que al infinito asciende
escucha sumergida en éxtasis dichoso,
hablar de las estrellas su idioma cadencioso
tan dulce, que tan sólo mi espíritu lo entiende.
A mis oídos llega desvanecida y flébil
el eco de esas voces como el murmullo débil
que una dulzura vaga, indefinible encierra.
De su prisión terrena mi espíritu se evade,
y un inefable goce mi corazón invade
sintiéndose tan lejos de la mezquina tierra.
En "Las modernistas. Seis poetas latinoamericanas"