La hoja cae lenta,
se disuelve en la tierra,
como una palabra que nadie pronuncia.
El aire roza el silencio
y algo en la raíz se despereza,
un susurro en la corteza,
un murmullo en la carne dormida.
Miras,
pero no hay ojos en el fondo.
El tiempo es una gota
que resbala por las grietas
del pensamiento.
La memoria es un musgo
que crece en las fisuras de lo dicho;
y lo no dicho
se arremolina en el hueco
del pecho,
en la cavidad donde habitan
los pájaros que ya no cantan.
Hay un dolor antiguo
que se asoma al borde de los días,
una grieta que se expande
con cada amanecer.
Y, sin embargo,
sigues aquí,
en la piedra quieta,
en la hoja que cae,
en la inmensidad
de lo nunca pronunciado.
Todo es
y no es,
como la sombra de un árbol
que ya no existe.
De "Volcán y cristales"