martes, 24 de marzo de 2026

Meritxell Baz. Alma inundada

Tengo un lago en mi interior
Un lago llamado alma
Y ahora está inundado
Solamente lleno de lágrimas
   
Si miras bien fijamente
Verás un pozo en el centro
Y justo en ese centro
Hay un pequeño agujero
Sale una luz diminuta
Que poco a poco se apaga
Pues el agua no deja crecer
La luz del amanecer
   
Oscuridad rodea mi lago
Sin barcos ni timonel
Sin faros, sin luces, sin puerto
Tan solo comienza a llover



De "Padres invisibles"

lunes, 23 de marzo de 2026

Angélica Liddell. Tú, que estás más cerca del vuelo de los grajos...

Tú, que estás más cerca del vuelo de los grajos. 
No ves que te llamo desde lo diminutivo?
Una sola hoja soy, estremecida en mitad del árbol.



De "Veo una vara de almendro. Veo una olla que hierve"

domingo, 22 de marzo de 2026

Marta Sanz. El psiquiatra me lleva de la mano por la coloratura de mis sinapsis cerebrales...

El psiquiatra me lleva de la mano por la coloratura de mis sinapsis cerebrales.
   
Me concede el poder
cuando descubre
maravilla y crueldad
de diferencias y abismos.
  
Veo en las palabras un tacto indetectable
para otros seres pequeños.
  
Veo,
en la palabra,
el carbunclo.
  
Carbunclo y carbunclo.
Mineral y nombre.
Su existencia simultánea.
  
Leo las tripas de un ruiseñor
sacrificado
por el ansia de saber.
Y por las supersticiones.
   
El psiquiatra, que le robo a los psicóticos
y a esas que escuchan voces
dentro del lavavajillas
-no somos tan disímiles-,
   
me dice que tengo
que seguir cantando.
   
Yo, con la vena gorda, entono
do, re, mi, fa, sol, la.



De "Amarilla"

sábado, 21 de marzo de 2026

Akane Sánchez de Mora Vidal. Día 27 - 2017-01-29 12:39

La más mortífera y refinada manifestación 
de crueldad de esta sociedad
se la debemos a interioristas 
diseñadores y arquitectos 
del hospital.
   
Cadena perpetua 
para los que decidieron 
su enclave en el mapa
y a los que talaron los árboles
a los que empequeñecieron sus ventanas
a los que descuidaron sus techos
(esos que contemplamos las desvertebradas)
a los que echaron a los pájaros 
a los que no quisieron idear un sistema 
que nos permitiera contar estrellas,
o sentarnos juntos al atardecer
tras las montañas.
   
Oprobio y abucheos en plaza pública 
a los que planificaron los menús,
a los que distribuyeron las mesas en el bar,
a los que pintaron con desgangelo sus paredes,
a los que no pusieron camas para los que acompañan,
baños con duchas, sillas cómodas, cafés gratuitos
y lugares donde refugiarse cuando se nos quiebran
la alegría o la esperanza.
   
Pena de muerte con tortura 
a esos que decidieron que se puede trabajar
durante 38 horas seguidas, y ser infalible!
A los que tuvieron la genial idea de citar
a seis pacientes a la misma hora
y así generan colapsos, colas, enfados, desánimo 
en las salas de espera.
   
A los que recortan en personal, camas, plantas, material
y así nos tratan a los enfermos y nuestras familias 
y a los profesionales cojonudos que nos curan
como si fuéramos puta mierda. 
   
Mi odio a vosotros es total,
os odio desde mi fallo multiorgánico
os odio desde mis tripas recosidas. 



De "A orillas del Volga"

viernes, 20 de marzo de 2026

Tere Medina. El pecado

No lo nombres: es pecado.
Aun si tu cuerpo revuelcas
estre espasmos,
conserva tu labio
casto.



De "Rimas eróticas"

jueves, 19 de marzo de 2026

Amparo Dávila. Meditaciones a la orilla del sueño

   1
  
A la orilla del sueño
donde la rosa
es pálido recuerdo;
   
frente al silencio,
más lejana cada vez
más incierta
y más sola.
   
   
   2
   
Surge la angustia 
ante el temor de ser
tan sólo la corteza
de un día vano.
  
Fuera del sueño
hay un barco
encallado en la voz.
   
  
   3
  
La angustia se desangra 
-gota negra,
negra y pesada gota-.
La sombra emerge limpia
de la sombra.
  
Dibujo mi mortaja 
blanca, fría,
en las aguas del sueño,
lentamente.
   
   
   4
   
Agua consternada
donde el silencio escucha
la piedad del silencio
y más allá, tan sólo, 
una angustia vital
de espumas rotas.



De "Meditaciones a la orilla del sueño"

miércoles, 18 de marzo de 2026

Vanessa Díez Tarí. XVII.

Nadie te dirá 
toda la verdad.
   
No busques más, 
no vendrá a ti.
   
Siempre habrá 
rincones oscuros.
   
La transparencia 
no existe.
   
Aprende,
no muestres tu alma.
   
Finge tu realidad.



De "La luna"

martes, 17 de marzo de 2026

Olga Orozco. Esfinges suelen ser

Una mano, dos manos. Nada más.
Todavía me duelen las manos que me faltan,
esas que se quedaron adheridas a la barca fantasma que me trajo
y sacuden la costa con golpes de tambor,
con puñados de arena contra el agua de migraciones y nostalgias. 
Son manos transparentes que deslizan el mundo debajo de mis pies,
que vienen y se van.
Pero estas que prolongan mi espesa anatomía 
más allá de cualquier posible hoguera,
un poco más acá de cualquier imposible paraíso, 
no son manos que sirvan para entreabrir las sombras,
para quitar los velos y volver a cerrar.
Yo no entiendo estas manos.
Sí, demasiado próximas, 
demasiado distantes,
ajenas como mi propio vuelo acorralado adentro de otra piel,
como el insomnio de alguien que huye inalcanzable por mis dedos.
A veces las encuentro casi a punto de ocultarme de mí 
o de apostar el resto en favor de otro cuerpo,
de otro falso plumaje que conspira con la noche y el sol.
Me inquietan estas manos que juegan al misterio y al azar.
Cambian mis alimentos por regueros de hormigas,
buscan una sortija en el desierto,
transforman la inocencia en un cuchillo,
perseveran absortas como valvas en la malicia y el error. 
Cuando las miro pliegan y despliegan abanicos furtivos,
una visión errante que se pierde entre plumas, entre alas de saqueo,
mientras ellas se siguen, se persiguen,
crecen hasta cubrir la inmensidad o reducen a polvo el cuenco de mis días.
Son como dos esfinges que tejen mi condena con la mitad del crimen,
con la mitad de la misericordia.
Y esa expresión de peces atrapados,
de pájaros ansiosos,
de impasibles harpías con que asisten a su propio ritual!
Esta es la ceremonia del contagio y la peste hasta la idolatría. 
Una caricia basta para multiplicar esas semillas negras que propagan la lepra,
esas fosforescencias que propagan la seda y el ardor,
esos hilos errantes que propagan el naufragio y la sed.
Y esa brasa incesante que deslizan de la una a la otra
como un secreto al rojo,
como una llama que quema demasiado!
Me pregunto, me digo
qué trampa están urdiendo desde mi porvenir estas dos manos.
Y sin embargo son las mismas manos.
Nada más que dos manos extrañamente iguales a dos manos en su oficio de manos,
desde el principio hasta el final.


De "Museo salvaje"
En "Poesía completa"

lunes, 16 de marzo de 2026

Sara Martínez Navarro. El rumor

Del progreso volvieron hoy los pájaros,
vinieron a cantarnos lo breve
de su ausencia. Teníamos
su ausencia dentro
y con ella vivíamos como vive la presa
levantando la vista
         y no había nada.
Una rama quebrada, lo que no
se comprende, las formas
en desuso de una conjugación.
Si escribiera la nada o estuviera
su hueco: lo que hubo
y lo que no hubo. El lugar
no habitado se desplaza
hacia el centro. Ese tránsito
es lento y va cargado de tallos
y de ceniza enrojecida.
Esta escena no se comparte.
Ni el agua del centro del río
ni la herida del centro de los ojos.



De "Léxico romano"

domingo, 15 de marzo de 2026

Rosario Castellanos. La anunciación

I

Porque desde el principio me estabas destinado.
antes de las edades del trigo y de alondra
y aun antes de los peces.
Cuando Dios no tenía más que horizontes
de ilimitado azul y el universo
era una voluntad no pronunciada.
Cuando todo yacía en el regazo
divino, entremezclado y confundido,
yacíamos tú y yo totales, juntos.
Pero vino el castigo de la arcilla,
me tomó entre sus dedos desgarrándome
de la absoluta plenitud antigua.
Modeló mis caderas y mis hombros,
me encendió de vigilias sin sosiego
y me negó el olvido.
Yo sabía que estabas dormido entre las cosas
y respiraba el aire para ver si te hallaba
y bebía de las fuentes como para beberte,
huérfana de tu peso dulce sobre mi pecho,
sin nombre mientras tú no descendieras
languidecía, triste en el destierro.
Un cántaro vacío semejaba
nostálgico de vinos generosos
y de sonoras e inefables aguas.
Una cítara muda parecía.
No podía siquiera morir como el que cae
aflojando los músculos en una
brusca renunciación. Me flagelaba
la feroz certidumbre de tu ausencia,
adelante, buscando tu huella o tus señales.
No podía morir porque aguardaba.
   
Porque desde el principio me estabas destinado
era mi soledad un tránsito sombrío
y un ímpetu de fiebre inconsolable.
  
   

En "Mujer de buenas intenciones"