Prende a mi vestido capullos de almendro,
perfuma de nardo mis cabellos
y entierra entre las flores los recuerdos.
Apaga las luces... pero haz que a lo lejos
Beethoven suspire, nostálgico y lento.
Cerraré los ojos y sobre mis dedos
se irá deshojando, silencioso y yerto,
el llanto divino del último ensueño.
Entorno las puertas. Deshaz este velo
que tejí con plata. Ya sólo deseo
descansar tranquila! Cuándo esté deshecho,
recoge sus hilos, bésalos y... luego
deja que mis manos vayan componiendo
con las hebras rotas el postre ensueño.
Mi vida se acaba. Ya sé que me muero!
Y quiero extinguirme, muda, sonriendo,
con el alma alegre y el corazón lleno
de bellas quimeras, guardando en mi pecho
toda la agonía del postrer momento.
Déjame que muera viviendo mi ensueño!
(En silencio, 1926)
En "Rojo-Dolor. Antología de mujeres poetas en torno al dolor"