No traían un pan los niños bajo el brazo.
Traían montañas de pañales
cantando a gritos suciedad amarilla.
Traían el dolor cruzándoles la boca,
una luna de insomnio en los oídos,
pleamares de lágrimas en sombra.
Eran pájaros flotándome ateridos
en el aire suspenso de mis brazos,
un fuego de luciérnagas mis ojos
aliviando la fiebre de sus noches.
Eran ríos sin agua, desbordada
en microbios su infancia sonriente,
su longitud pequeña, tan inválida.
Era un verde teñido de antibióticos
fermentando la fruta de sus años,
hematíes de niebla en terciopelo
caídos de su piel, melocotón flamante.
Yo, una madre de llanto en la penumbra
de sus cunas de ritmo y de termómetros,
una vana oblación de mi parálisis
a sus vidas de sol y de cipreses.
De "Cóncava mujer"
No hay comentarios:
Publicar un comentario