Geometría armoniosa,
cálido colorido,
cadencia de expresión,
gracia en el ritmo.
Tus manos fingen pudores
femeninos en un cuarto menguante
-como dos lirios-
sobre los senos redondos
y los pezones erguidos.
Tus rodillas se desmayan
una en la otra, beso tímido,
porque aprisionen los muslos
el vello, coquetos rizos,
que sombrea y que subraya
el nido
tibio.
El cuello inventa cansancios
buscando la grácil línea
de los tallos.
Se te entreabren los labios,
flor sedienta de rocío,
provocación al contacto.
Y, cima augusta,
-barroco adorno-
el penacho de la guerra
que te acaricia los hombros
en bien previsto abandono;
que, porque juega a ocultarlos,
pone malicia en tus ojos.
Cuadro perfecto.
El espejo
te dice de su excelencia,
de su bien logrado efecto.
Pero te cuenta -demonio-
que nada es del todo cierto
en viudedad,
que la verdad de tu cuerpo
es solo verdad a medias
si tú quemas el incienso.
De "Rimas eróticas"
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