Guarda tus trajes de seda,
sacerdotisa de tu propio altar,
guarda tus chales bordados,
tus mantillas de encaje, tus joyas,
que nadie en ellas ponga sus ojos,
esfuércese el mercader en inventar.
Hace treinta años
cambiabas de forma el abrigo de cuando la guerra.
Sacerdotisa de las penas:
carecías de casa, de amigos, hambrienta,
enferma de cuatro costados.
Madrid de norte a sur en el metro
por cien pesetas al mes la clase.
No tenías ni un cantar que llevarte al oído,
pero cantabas
lo que escuchabas a otros al pasar, prestado.
Alma que me sostuvo el cuerpo destruido,
ya no te satisfacen los vestidos de seda,
vuelves a lo que fue, al viejo suéter,
a la falda de lana, al chal sobre los hombros.
Y algo escrito hace tiempo,
casi inconscientemente, como en trance,
cobra en determinado momento
un significado sobrecogedor
y cada uno de los conceptos y palabras
elegidos no se sabe con qué intención
se iluminan bajo todos los ángulos
y resultan fatalmente ciertos.
Tengo que convencerme y resistir
con un solo pensamiento,
una dramática convicción.
Por tanto, al enfrentarme
con el más amargo de los deberes, la desesperación,
quiero todas las horas para ir completando mi vivir,
auscultar en mí misma el pálpito del mundo,
prestar mi voz a la realidad y al sueño,
al ser humano presente, pasado y futuro,
al pájaro, la casa, el árbol, la piedra,
transformar en palabras lo que soy.
De "Tarot"
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