Cuando la vida enseña sus pezuñas,
cuando la realidad muestra su ceño,
su desdeñosa mueca ensangrentada,
cuando alargo la mano y no consigo
rozar el corazón de la esperanza,
cuando llueve desde el presente
un agua turbia que nos deja el vivir
amortizado en monedas de orpobio
sé que debo volver a Brandenburgo.
Fue cuando yo era niña y no sabía
cómo vivir el miedo sin morirme,
y cruzaba el pasillo de mi casa
escuchando una música distinta,
una música vasta, sin palabras
y sin embargo llena de consuelo.
Oí al final la voz del locutor
diciendo suavemente Brandenburgo
mientras mis trece años deslumbrados
solo podían pensar dónde está Brandenburgo?
Yo quería vivir en Brandenburgo,
yo quería vivir en esa música.
Mi corazón de entonces, tan perdido,
tan incapaz de hacerse con la vida,
escuchó sin creerse lo que oía,
escuchó desde un sitio inexistente
una música que reía desde el llanto,
que borraba el dolor y la miseria
desde un amor que lo entendía todo.
Me enamoré de Bach con trece años
y tardé mucho tiempo en conocerlo,
porque no pude hallarlo en ningún libro,
en ningún diccionario lo encontraba.
Al fin alguien me dijo amablemente
que el apellido Bach no llevaba jota.
Me encontré con sus ojos de papel
en una página del diccionario Espasa.
Y desde entonces, cuando no sé cómo vivir,
regreso a Brandenburgo,
a su país de música regreso. Vuelvo
como las golondrinas en verano
a vivir bajo el sol de Brandenburgo,
porque allí todo es patria y armonía,
todo está defendido de la muerte,
y porque allí la muerte desemboca en la vida.
Me enamoré de Bach con trece años,
sin saber lo que hacía, sin entender,
me enamoré definitivamente.
Por eso, cuando mi pobre corazón se asorda,
aquella niña vuelve a Brandenburgo.
En "Prenda de abrigo"
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